Tuesday, 26 January 2010

A propósito de la Luna

En 1920, y como miembro de la Comisión Ejecutiva del PSOE, Fernando de los Ríos viajó a la URSS a estudiar la posibilidad de que su partido se afiliase a la Internacional Comunista. Allí se vio con Lenin. Parece ser que preguntó a Lenin: “¿y la Libertad?” A lo que Lenin contestó: “Libertad, ¿para qué?” Esta pregunta marcó un hito histórico, una fractura entre socialistas y comunistas. Entre partidarios de la Libertad y la de los del ¿para qué?
En 1985 visité como turista a la antigua Unión Soviética. En la plaza Gorki, me dirigí a un joven rubio de ojos azules que llevaba una lata de aceitunas españolas en una mano y se me ocurrió preguntarle, en mi inglés, sobre dónde estaba la librería Progreso. Él, muy amablemente y en un inglés envidiable, me indicó el modo de llegar hasta la librería. Acto seguido, me preguntó que de dónde era y así comenzamos a hablar sobre casi todo: de cómo se sentía marginado porque en su pasaporte constaba que era judío en vez de soviético, de cuando había servido casi dos años en el ejército, de cómo era su pequeño apartamento, de la imagen política de Gorbachov, etc.
Llegamos, a la sazón, al punto donde yo le dije que los comunistas en España habíamos luchado por la libertad y la Democracia. En un intento de conocer más cosas sobre las libertades civiles en la URSS, se me ocurrió presentar el tema con una afirmación. Algo así como que allí no había libertad; recuerdo que fue un planteamiento bastante genérico. Inmediatamente me contestó: “Libertad, ¿para qué?”
Él no conocía la anécdota de nuestro socialista Fernando de los Ríos pero en ese instante yo si entendí el significado de la respuesta de Lenin, que tan cismáticamente se nos había presentado siempre. Cuando pensamos con términos genéricos solemos llegar, fácilmente, a posicionamientos de principios, por ejemplo, si hablamos de derechos civiles enseguida nos ubicamos en el terreno de los principios democráticos. Este terreno es muy cómodo para quien tenga interés en redactar una Constitución o cuando quiere referirse a algún tipo de ideario general, recurso muy utilizado por los políticos cuando quieren ser diplomáticos, convenientemente ambiguos o escurridizos. También suele ser un terreno donde se quiere dar un contenido ideológico al discurso, esto es, cuando se pretende abarcar bajo esas expresiones las posiciones más amplias y menos comprometidas con lo concreto.
Pero el problema para quien quiere llevar a la práctica esos principios genéricos no puede ser la ambigüedad. Llega un momento en el que tienes que resolver en qué aspectos específicos, hasta qué límites, con qué recursos, qué procedimiento te permitirá hacer tangible un principio general como la Libertad o la Independencia.
Para el pensamiento marxista, la Libertad o la Independencia tienen relación con condiciones reales de existencia, tienen que ser posibles material y físicamente. Su contenido se explica por dichas condiciones reales, ellas son las que delimitan su práctica. Por tanto, la pregunta de quién quiere poner en práctica los principios generales no puede ser otra que ¿para qué?
Los ambiguos, los escurridizos, cuando les señalas el objeto concreto se quedan anclados en las formas, en las maneras de decir las cosas; no muestran una disposición práctica, no fijan su espíritu en la práctica concreta, sino que se deslizan en lo superficial.
Mao tenía una frase para esta circunstancia: “Cuando se señala a la Luna, los tontos miran el dedo”

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