Thursday, 10 November 2011

A propósito de un debate....

Leyendo el debate que se desarrolla en el foro de Semioticians , no he podido evitar recordar que Max Weber, de cuya influencia hace gala Talcott Parsons, padre de la Sociología americana funcionalista, que las desigualdades sociales no se producían exclusivamente por las distintas posiciones de clase, sino que existía otros factores determinantes; como el status, el partido o la religión. Así quiso demostrar que el espíritu religioso calvinista era el factor más importante en el desarrollo del capitalismo. "La Ética protestante y el espíritu del capitalismo". Considerado como el Marx de la burguesía, suele ser uno de los intelectuales más recurridos para explicar los objetos de estudio de la sociología moderna.


Pierre Bourdieu, filósofo y sociólogo francés, por ejemplo, afirma que las diferencias sociales tiene su  cristalización en un determinado capital cultural y que el deporte, los gustos de la moda y otros fenómenos semejantes pertenecen al ámbito del capital cultural. Defiende que sólo cuando hemos incorporado a nuestro "habitus" la cultura dominante, la aceptamos . Y que para los grupos sociales privilegiados resulta más fácil que para los grupos no privilegiados.


Detrás de un pensamiento como el de Bourdieu, creo que existe un uso del concepto de status de weber. Aparentemente, Bourdieu nos expresa que la ideología dominante nos traspasa hasta anclarse en nuestra conducta automática (p.e.: sentimiento de normalidad) en virtud del deseo de adherirnos a un nivel social que sólo unos pocos poseen en realidad. Para la mayoría, adherirnos al status social de las clases dominantes exige dar por supuesto la naturalidad del dominio de sus valores y conceptos (los de las clases privilegiadas).



Cuando he visto en el foro que se habla de valores estéticos, del espíritu nacional o de valores sígnicos, no me he resistido a intentar relacionar el ejemplo del automóvil, su valor de uso y esos otros valores sígnicos, con ese otro razonamiento que explica la función ideológica del capital cultural, es decir, la función de asimilación de la ideología de la clase dominante.



Dicho de otro modo. Pensamos que si una persona desea tener un coche porque va a ligar más con las chicas, le proporciona seguridad en sí mismo, le permite expresar su buen gusto o su potencial económico, su estilo de vida, su status, se debe a que desea incorporar a su realidad social el modo de vida de las clases dominantes. Su motivación no es económica sino estética, de carácter o psicológica. Con este razonamiento se entra a explicar que el proceso de decisión que lleva a adquirir un objeto, no es que vaya a satisfacer las necesidades materiales que dicho objeto puede satisfacer, sino otras que son reales pero inmateriales. Bajo este ardid los funcionalistas suelen combatir a los materialistas.



Del mismo modo que Weber quiso demostrar que lo que empujaba el espíritu ascético y ahorrador del capitalismo, no obedecía a un mecanismo fatal del sistema capitalista, del cual se derivaría la lucha de clases, no sería un fallo del sistema. Sino un producto de una determinada concepción de la predestinación calvinista. Un modo de entender la fé.

Los que hacen hincapié en los valores sígnicos como los determinantes del consumo, pretenden demostrar que son éstos y no las cualidades intrínsecas de las mercancías las que permiten explicar las relaciones sociales que están vinculadas a la producción de dichas mercancías. Vuelve así a colarse la concepción burguesa de los valores, pues atribuye al comercio el punto de partida de la creación de valor. Para la burguesía, los objetos en la sociedad capitalista son valiosos en cuanto pueden ser intercambiados por dinero (D-M-D).

El pensamiento burgués ve el mundo de la producción y el mundo del consumo como mundos donde el consumo determina a la producción. En realidad, carece de una visión dialéctica del mercado. Para el burgués, la oferta y la demanda actúan como por un designio mágico, caprichoso o divino. Unos le llaman moda y otros le llaman suerte.

Para el pensamiento marxista, la relación entre producción y consumo es una relación dialéctica y materialista, que se desenvuelve en virtud de una determinada forma de organización de la producción. En el capitalismo dicha organización está marcada principalmente por la propiedad de los medios de producción y, por tanto, por la acumulación de la riqueza en pocas manos. El capitalismo no produce para satisfacer las necesidades humanas en general, sino para satisfacer su principal necesidad social, la que le permite seguir siendo la clase dominante.

En su propósito la burguesía capitalista potencia el desarrollo de todos los estímulos al consumo, para ello se apoya en contenidos culturales, psicológicos o persuasivos que pueda encontrar. Pero no lo hace para satisfacer las necesidades del consumidor, sino principalmente para satisfacer su margen comercial.

La concepción marxista del valor, no se opone a que la realización del valor se haga en el mercado, sólo a que la creación del valor se produzca por el mercadeo y no por incorporar a los objetos trabajo humano, que es lo único que puede hacer de la materia prima, un objeto cargado de cualidades útiles para satisfacer necesidades humanas.

Por tanto, creo yo, no es una cuestión de que los cubanos compran coches para sentirse mejores personas, sino que el valor de los productos que consumen no satisface adecuadamente sus necesidades. Sean estas las que sean.

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