Sunday, 29 April 2012

La educación superior es cuestión de clase.

La educación superior es una cuestión de clase. Primero nos hicieron creer que la riqueza podía ser repartida. Luego nos hicieron creer que los derechos eran para todos iguales. Luego nos hicieron creer que podíamos beneficiarnos del crecimiento económico y finalmente que todos podríamos mejorar nuestras vidas con un esfuerzo honrado. Todo ello para comprobar que; la riqueza mantiene los privilegios de quien es ya rico. Que los derechos son sólo reales para garantizar la propiedad privada. Que después de facilitar el crecimiento económico debíamos pagar con decrecimiento las fortunas de unos pocos Que si trabajabas mucho y te formas mucho, resultas un incauto pues otros, sin formación, sin moral y sin trabajar se hacen ricos, famosos y poderosos. Ahora, la Universidad es pasto de las llamas, carne de cañón, objeto de amputaciones. Nada para investigar, nada para mejorar su calidad, nada para facilitar el acceso a la educación superior de las clases más bajas. Mientras tu casa se quema,como decía aquel poema de Bertolt Brech, hoy te preguntas... "¿hará frío ahí fuera?, ¿estará lloviendo?, ¿que haré con mis muebles?

Éste es el poema:
Gautama, el Buda, enseñaba la doctrina de la Rueda de los Deseos,
a la que estamos sujetos, y nos aconsejaba
liberarnos de todos los deseos para así,
ya sin pasiones, hundirnos en la Nada, a la que llamaba Nirvana.
Un día sus discípulos le preguntaron:
«¿Cómo es esa Nada, Maestro? Todos quisiéramos
liberarnos de nuestros apetitos, según aconsejas, pero explícanos
si esa Nada en la que entraremos
es algo semejante a esa fusión con todo lo creado
que se siente cuando, al mediodía, yace el cuerpo en el agua,
casi sin pensamientos, indolentemente; o si es como cuando,
apenas ya sin conciencia para cubrirnos con la manta,
nos hundimos de pronto en el sueño; dinos, pues, si se trata
de una Nada buena y alegre o si esa Nada tuya
no es sino una Nada fría, vacía, sin sentido.»
Buda calló largo rato. Luego dijo con indiferencia:
«Ninguna respuesta hay para vuestra pregunta.»
Pero a la noche, cuando se hubieron ido,
Buda, sentado todavía bajo el árbol del pan, a los que no le
habían preguntado
les narró la siguiente parábola:
«No hace mucho vi una casa que ardía. Su techo
era ya pasto de las llamas. Al acercarme advertí
que aún había gente en su interior. Fui a la puerta y les grité
que el techo estaba ardiendo, incitándoles
a que salieran rápidamente.
Pero aquella gente no parecía tener prisa. Uno me preguntó,
mientras el fuego le chamuscaba las cejas,
qué tiempo hacía fuera, si llovía,
si no hacía viento, si existía otra casa,
y otras cosas parecidas. Sin responder,
volví a salir. Esta gente, pensé,
tiene que arder antes que acabe con sus preguntas.
Verdaderamente, amigos,
a quien el suelo no le queme en los pies hasta el punto de
desear gustosamente
cambiarse de sitio, nada tengo que decirle.»
Así hablaba Gautama, el Buda.
Pero también nosotros, que ya no cultivamos el arte de la paciencia
sino, más bien, el arte de la impaciencia;
nosotros, que con consejos de carácter bien terreno
incitamos al hombre a sacudirse sus tormentos; nosotros
pensamos, asimismo, que a quienes,
viendo acercarse ya las escuadrillas de bombarderos del capitalismo,
aún siguen preguntando cómo solucionaremos tal o cual cosa
y qué será de sus huchas y de sus pantalones domingueros
después de una revolución,
a ésos poco tenemos que decirles.

Bertolt Brecht (Augsburgo, 1898 – Berlín, 1956), Historias de al­manaque, 1939


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