Sunday, 15 July 2012

La bicicleta




Ayer día 14 de Julio, día de la revolución francesa, y mientras en Madrid corre como un reguero de pólvora, el malestar y la indignación. Yo, estando en un pueblo de Castilla celebraba con unos amigos el cumpleaños de uno de ellos.
A eso de la 1 de la madrugada, ya 15 de julio, oigo en la calle gritos. Todos se levantaron, comenzaron a comentar el acontecimiento. Que si era el de siempre. Que si era adoptado. Que en la época de los niños robados por esa monja aquí trajeron a muchos adoptados. Que si trapichean con drogas. Que ¡hay que le pega! ¡el niño, el niño!. Volvía una amiga de la calle, asustada por lo que había visto y temiendo ser ella también víctima de aquel que gritaba como un loco. ¡Que alguien llame a la guardia civil! -¿Llamamos?-, dijo otro. Saqué mi móvil y pensando que el niño podría recibir algún golpe, el alma se me enrreviscó, la adrenalina me subió a la cabeza y marqué un número que alguien dejó caer.
Llamé a la policía, comenté que estaba oyendo gritos que parecía una pelea familiar. Entonces, mi interlocutor me preguntó. ¿De dónde me llama? Y le contesté. ¿Va a estar usted ahí? Sí, contesté, ¿dónde?, me preguntó. Delante del ayuntamiento en la plazoleta. –Contactaremos con usted cuando lleguemos-
Decidido a impedir que un niño fuera castigado por la pelea de sus padres bajé los escalones deprisa hasta la calle. Miré a un lado y a otro y vi, a mi derecha, lo que parecía una mujer con un niño aferrado a su bicicleta con rueditas de apoyo. Un hombre que gritaba y a cierta distancia un hombre y una mujer que le gritaban déjala, no te metas.
Me acerqué prudentemente y permanecí a una distancia de unos 10 o 15 metros. Mientras el hombre se acercaba a la mujer y le gritaba ¡vete pa’casa! ¡con el niño, no! Ella gritaba, ¡déjanos en paz! ¡déjanos en paz!.
¡Voy a ser yo quien llame a la policía! Gritaba el hombre a la mujer.
Se percataron que estaba atento a lo que pasaba y se dirigió a mi diciendo… ¡todo esto por medio gramo! ¡no quiero que vaya con el niño! –que vaya a hacer lo que no debe con el niño-
Le contesté, eso se lo dirá a la policía cuando venga. Desde luego, me contestó.
Nadie puede imaginar los pensamientos que en aquellos breves instantes, hasta que llegó la policía, me pasaron por la cabeza.
Eh aquí un hombre al que le han  jodido la vida desde que nació. Adoptado, se habrá preguntado porqué le han despreciado desde que nació. Quizá sin un apego profundo con su familia. Ha pasado por la cárcel, donde después de algún robo y trapicheo con droga le habrán enseñado que las instituciones solo se preocupan de mantener el orden externo, mientras que en el interior de la prisión debió conocer las jerarquías de toda clase de desheredados de la vida, con más violencia en sus espaldas que la que podría hacerle la prisión. Convencidos quizás, de que la violencia es lo único que se puede respetar. Que vivir con miedo es lo único que hace obedecer.
Quizás, en aquel instante, él, el expresidiario, borrachuso, violento o gritón, convencido de que en la vida todo estaba preparado para confabularse contra él. Que los problemas llevaban su nombre. Quizás, digo, intentaba que el niño no tuviera que acompañar a su madre a comprar droga. Quizás, digo, que aquel que vivía en la confusión y que tenía claro cuales eran los órdenes del mundo, intentaba evitar algo que, ya sabía, era malo para el niño.
El niño gritaba: ¡déjanos en paz! ¡deja a mi mamá!, aferrado al manillar de su bicicletita. El hombre se agachó y le dijo, quizás porque estaba yo allí, quizás para que oyera lo quería que yo oyera. –Antes le he dicho a mamá unas cosas muy fuertes pero es porque estaba cabreado, pero no son verdad-  Se dirigió a la mujer y le dijo –Cariño vámonos a casa- la mujer le contestaba –cariño déjanos en paz- llegó a gritar -¡Socorro!-
Todo parecía un guión improvisado de una tragedia con público.
Yo sólo veía al niño aferrado a su bicicletita con rueditas de apoyo.
Cuando llegó la policía me identifiqué y les informé de lo que había visto, de mis motivos para intervenir llamándoles.
Una vez de vuelta al convite, me ví  en medio de una conversación sobre impuestos y sobre lo que paga un autónomo. –Demasiado- decía alguno, -es demasiado, como para que luego no tengas derecho a paro-
Mi corazón aún latía fuerte y no sentía el frío de la noche. Me había metido en un tema que no me incumbía, no sabía con certeza lo que había hecho o provocado. El modo en que había podido influir en las vidas de aquellas personas. A la mujer con el niño de la bicicleta. Al expresidiario que gritaba ¡venga pa’casa!
Sin embargo, a estas alturas no puedo evitar ver paralelismos entre su desgracia, el mundo social que les rodea, la conversación del convite, mi intervención y lo que sentía por dentro.
Vivimos en un estado que reduce los gastos sociales, que no ayuda a los más desgraciados, que anula el futuro de los jóvenes, que exprime al pueblo trabajador, sea por cuenta ajena o propia. Vivimos en un entorno donde oímos los gritos de las calles y, aunque nos asustan, no somos capaces de acudir en su ayuda, más preocupados por nuestra capacidad para proporcionarnos nuestra seguridad social privada y reducir nuestra aportación de impuestos (tasas o cuotas de seguridad social)
Surge una fractura social. Oigo gritos de ¡que se salve quien pueda!. Oigo gritos de ¡que se jodan!.
Y yo me sigo preguntando ¿he hecho lo correcto?
¿Se lo preguntarán ellos?.....

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